Rosh Hashaná 5774

Rab. Isaac Cohén

En nuestras plegarias de Rosh Hashaná y de Yom Kipur repetimos insistentemente, una y otra vez, que Dios Todopoderoso, en el brillante esplendor de Su gloria, reina sobre toda Su creación, sobre todo el Universo, y sobre todo ser viviente. Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez: En realidad permitimos que Dios reine sobre nosotros?

La plegaria, a la que me refiero, es la que se inicia con Elokenu Veloké Avotenu Meloj Al Kol Haolam cuya traducción, sería la siguiente: Dios nuestro y de nuestros padres reina en todo el Universo con toda Tu gloria, y álzate sobre toda la tierra con Tu esplendor, y surge con el brillo majestuoso de Tu fuerza sobre todos los habitantes del mundo creado por Ti, y sabrá todo lo creado que Tú lo creaste, y toda criatura que Tú la hiciste, y dirá toda alma viviente: “Hashem Dios de Israel reina, y su dominio a todo se extiende”.

Esto suena muy bien, pero ¿Acaso observamos cabalmente los mandamientos de Dios? ¿Nos comportamos, realmente, como sus fieles y diligentes servidores? ¿Le hemos abierto las puertas de nuestros hogares? ¿Hemos creado un espacio para Dios en el devenir cotidiano de nuestra existencia?

Una vez, Rabí Menajem Méndel (1787-1859) de Kotzk, Polonia, le preguntó a sus alumnos: “¿Dónde vive Hashem?”. Ellos, rápidamente, le contestaron: “¿A qué viene esa pregunta si está escrito, en Yeshayahu 6:3, ‘Llena está la tierra de Su gloria’?”. Entonces, Rabí Méndel les dijo: “Hashem vive en todo lugar al que se le permite entrar”.

Cuando Dios terminó de crear el Universo, era el sexto día, y la Torá nos dice: “Vio Dios todo lo que había hecho y he aquí que era muy bueno [Tov Meod]” (Bereshit 1:31). Esto quiere decir que al mundo Dios lo creó perfecto. Entonces, ¿Por qué existe tanto sufrimiento, tanta maldad y tanta injusticia a nuestro alrededor?

Sucede que Dios hizo al mundo para que fuese la morada del hombre, a quien le concedió el don de la Bejirá – del libre albedrío –, y además lo hizo Su socio en el proceso incesante de sostener y desarrollar la Creación. Por eso, en Bereshit (2:15) leemos: “Y tomó Dios, el Eterno, al hombre y lo puso en el Gan Éden para que lo cultivara y lo cuidara”. El mal no proviene de Dios, sino de la inconstancia y de los errores del ser humano, de la visión equivocada acerca del mundo que pueda llegar a tener cada uno de nosotros.

Cuentan que una vez un gran sabio, en sus años de juventud, decidió dedicarse a cambiar el mundo para lograr hacer de él un lugar mejor. Trabajó arduamente por mucho tiempo y no lo consiguió. Entonces, decidió cambiar al menos el país en dónde vivía. Tampoco tuvo éxito. Por eso, se limitó al intento de cambiar a su ciudad, pero no pudo. Entonces, se dijo “solamente cambiaré a mi familia”, y tampoco lo logró. Ya entrado en años, se percató de lo que debió hacer desde un principio, y por eso decidió cambiarse a sí mismo para ser una persona mejor, y en este último y tardío empeño, sí tuvo éxito.

La primera responsabilidad del ser humano es consigo mismo. Decía Hilel (Avot 1:13): “Im En Aní Li – Mi Li / Si yo no me ocupo de mí, ¿quién lo hará?”.

Si el ser humano individualmente se corrige, se enmienda y se supera, se convierte – según explican Jajamim – en una fuente que irradia un influjo benéfico sobre su familia y sus amigos, sobre su comunidad y sobre quienes se encuentran cerca de él y, finalmente, de manera colectiva sobre la humanidad entera.

¿Quieres mejorar el mundo? Empieza por mejorarte a tí mismo. ¿Quieres que Dios reine en el mundo? Empieza por hacerlo reinar en tu corazón. El Tikún individual, la reparación personal, conlleva al Tikún colectivo.

El mes de Elul y los diez días de Teshuvá, Rosh Hashaná y Yom Kipur, determinan la época y las fechas del calendario más propicias, el tiempo precioso que Dios nos regaló, para reflexionar acerca de cuántas veces a lo largo del año, lamentablemente, hemos sido mediocres, tal vez un tanto mezquinos y de seguro demasiado egoístas.

Cuántas veces – a lo largo del año – no hemos obedecido a Dios y, por lo tanto, no hemos permitido que reine sobre nosotros. Pues, lo que sucede aquí en el Olám se refleja y repercute allá en el Shamáim. He aquí la magnitud e importancia del don que Dios concedió al hombre.

Una vez, Rabí Israel ben Eliézer (1698-1760), mejor conocido como el Baal Shem Tov, preguntó: Cuando Dios expulsó a Adám Harrishón del Gan Éden, ¿Cómo lo hizo? ¿Dios mismo, con su propia mano lo sacó? ¿O tal vez mandó a un Malaj para que lo hiciera? ¿O simplemente abrió una puerta, y le dijo a Adám: “márchate”? De ninguna de estas maneras – dijo el Baal Shem Tov – simplemente le dio ocupaciones.

La frase: “Vaygaresh” (en Bereshit 3:24: “Vaygaresh Et-Haadám / Y expulsó al hombre”) puede entenderse como “expulsar, echar, desterrar”, y así es lo usual, pero también puede entenderse como “atarear, mantener ocupado”. Debido a que la palabra Guéresh [GUIMEL – RESH – SHIN] también significa “frutos, producción” como aparece en Parashat Vezot Haberajá (Séfer Devarim 33:14): “Umimégued Guéresh Yerajím / Y los excelentes frutos de las lunas [es decir, de los meses, de las estaciones del año]”.

Esto significa que no fue necesario que Dios apartase al hombre de su presencia, simplemente, como diríamos hoy en día, “lo puso a producir”. Agobiándolo Dios con el trajinar diario de procurarse por la Parnasá, además de la vivienda, y de estar pendiente de la crianza de los hijos, del cuidado de los cultivos y de los animales domésticos, y de llevar a cabo un sinnúmero de otras tareas, lo hizo sentirse desterrado.

Y es que depende de cómo nosotros encaremos las labores y las ocupaciones diarias de la vida, fabricaremos nuestro propio Guehinam, nuestro infierno, o por el contrario, construiremos una porción del Gan Éden, aquí en este mundo.

La alegría de la vida y el regocijo de la existencia, la tranquilidad y la paz interior, todo ello radica en darnos cuenta y aceptar, sin reservas, que Dios controla los destinos del Universo y de todas Sus criaturas, y que todo lo que Él hace, lo hace por nuestro bien. Eso es, precisamente, hacer que Dios reine con toda Su gloria, y es también el fundamento del concepto de Yihud Hashem, explicado por Maimónides, en el cual el ser humano se siente completamente ligado a Su creador.

Es cierto, muchas veces Dios nos reprende, nos pone a prueba, ejerce Su rigor sobre nosotros, pero recordemos las palabras de Shelomó Hamélej (Mishlé 27:5): “Vale más la reprensión abierta, que el amor oculto”. Todo esto, no solamente Sus bendiciones, son una manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Nos disciplina, del mismo modo que lo hace un padre con su hijo.

Que este año, 5774, traiga calma y sosiego, paz y tranquilidad, bienestar y prosperidad, a nuestra querida Kehilá, a este hermoso país en el que vivimos, a Medinat Israel y en general al mundo entero.

Les deseo a todos un cálido y muy afectuoso Shaná Tová, y que sea una realidad – en este nuevo año – que Dios Todopoderoso reine por siempre sobre cada uno de nosotros, y digamos todos Amén.

Otro Proyecto Desarrollado por Páginas Web Venezuela C.A