Rosh Hashaná 5775. Un año para el Shalom

Por el Rabino Isaac Cohen

En nuestras plegarias, con motivo de Rosh Hashaná, le pedimos al Todopoderoso que implante la paz, aquí en la tierra (Ten Shalom Baáretz), pues sin Shalom (Paz) nada es posible. La paz es el mayor de los anhelos y el más preciado de los tesoros. Sin ésta, no puede haber alegría completa, ni auténtico disfrute de la vida.
De primera intención, en Rosh Hashaná, la mayoría de la gente piensa en salud y Parnasá (sustento), pero tengamos en cuenta que sin Shalom – es un hecho demostrado – la salud se debilita y la Parnasá se vuelve precaria e insegura. Sin paz, no puede haber prosperidad, ya que ésta es el fundamento de una sociedad estable, armoniosa y feliz. Una pareja, una familia y, en general, un hogar no pueden sostenerse y perdurar, si no impera el Shalom, pues éste es el recipiente en el que se depositan las bendiciones que el Todopoderoso nos concede. Es más, dicen nuestros sabios, la paz equivale a la suma de todas las demás bendiciones.
Pero, reflexionemos por un momento: ¿Acaso le pedimos al Todopoderoso que Él mismo decrete la paz, o más bien – como explican los Jajamim (sabios) – que Él nos facilite el camino para encontrarla y establecerla?
Hashem creó el Universo para el ser humano y lo construyó sobre la piedra angular de la Bejirá (Bereshit [2:17] “Pero del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no comerás”), la facultad de elegir, de eso que suele ser llamado “Libre Albedrío”, lo que significa que el Shalom, la paz, es responsabilidad de cada uno de nosotros.
Decía Hilel (Pirké Avot 1:12) acerca de Aarón Hakohén que él amaba la paz y la perseguía (“Verodéf”). No se quedaba de brazos cruzados esperando que la paz llegase hasta él, sino que salía – como quien cumple una misión urgente – a buscarla y conseguirla. Explican nuestros sabios, bienaventurado es aquel que convierte a su enemigo en su partidario. Shalom, más allá de una condición estática y pasiva, significa una forma de vivir. Un ir haciendo y construyendo, en el día a día, constante y continuo.
Las preguntas que ahora surgen son: ¿Cómo hacer la paz? ¿Cómo construirla? Buscarla, sí, pero ¿dónde encontrarla?
Las respuestas las hallamos en el Emét (verdad) de nuestra Torá (Emét Toratenu Hakedoshá).
Leemos en Séfer Devarim / Shofetim (16:20) “Tzédek Tzédek Tirdof / Justicia, justicia habrás de procurar”, pues la justicia es la esencia de la paz. Dice el profeta Yeshayahu (32:17): “Y la obra de la rectitud [Hatzedaká] será la paz”. En hebreo “justicia” es Tzédek, y de esta palabra se deriva Tzedaká que más allá de “caridad” (como, de manera poco satisfactoria, suele traducirse) significa “justicia social”, un concepto que implica igualdad de oportunidades, distribución equitativa y ante todo solidaridad con nuestro prójimo.
En Rosh Hashaná, especialmente, nos dirigimos a Dios utilizando la expresión de “Avinu Malkenu“, Padre y Rey nuestro”. Pero, ¿cómo se sabe que realmente aceptamos a Dios como a un padre? Muy simple: cuando tratamos al prójimo como a un hermano.
Para muchos abordar el tema de la justicia resulta un engorroso y vacilante ejercicio filosófico – y lamentablemente estéril – signado por el relativismo y la contradicción, pues argumentan con razón, que cada quien puede tener su propia y particular visión acerca de lo que es la justicia.
¿Acaso lo que para mí es justo, también tiene que serlo para los demás? El Am Israel de ningún modo tiene este problema. Los principios morales y los valores éticos que orientan nuestro comportamiento se hallan en la Torá y en las palabras de nuestros sabios. Por ese motivo, únicamente, la educación religiosa nos garantiza justicia y paz en nuestras vidas y en nuestros hogares.
Lamentablemente, muchos de nuestros hermanos no han tenido el Zejut (mérito) de haber recibido una verdadera educación judía y por tal motivo, equivocan su rumbo. Pero, dice el profeta Yeshayahu (55:7): “Abandone el malvado su camino, y el perverso sus pensamientos, para que vuelva a Hashem”. Nunca es tarde para hacerlo.
Cuentan que un hombre se extravió en el bosque y se encontró con un extraño, que caminaba entre los árboles. Se acercó a él y le preguntó, cuál era el camino. El extraño le respondió, que él también estaba perdido, pero al menos sabía que el camino que, hasta ahora, había seguido era el equivocado. Entonces, le propuso que, juntos, buscasen el camino correcto.
Dice el profeta Yeshayahu (57:19): “Paz, paz al que está lejos y al que está cerca”. ¿Por qué está escrita, en el mismo versículo, dos veces la palabra “paz”? Para referirse, tanto al que está lejos, como al que está cerca y para enseñarnos que aquel que está lejos, y se arrepiente haciendo Teshuvá, precede, incluso, al que está cerca de Hashem, que es el Tzadik.
Leemos en Pirké Avot (1:17): Raban Shimón Ben Gamliel dijo: “Al Sheloshá Devarím Haolám Oméd Al Hadín Veál Haemét Veal Hashalom / Sobre tres cosas se sustenta el mundo: Justicia, Verdad y Paz”. La justicia (Tzédek, Din) está vinculada, de manera indisoluble, a la verdad (al Emét que es la Torá) y ambas, constituyen la fórmula del Shalom.
Leemos en Masejet Guitín (59 b): “Toda la Torá tiene por objeto, resguardar los caminos de la paz”, pues de la Torá se dice (Mishlé 3:17): “Sus caminos son agradables y sus senderos son de paz”.
Resulta, que la palabra “paz” – al igual que “verdad” y “justicia” – es una palabra de envergadura, de gran calibre e incluso intimidante. Tenemos la tendencia de asociar la palabra “paz”, a grandes confrontaciones, a conflictos globales y a decisiones políticas de muy alto nivel. Ante esta óptica, monumental, nos sentimos abrumados y podríamos llegar a pensar, que la paz es algo que está muy por encima de nosotros, lejos de nuestro alcance y que nada podemos hacer para promoverla.
Pero, los Jajamim nos enseñan, a través de lo que está escrito en nuestra sagrada Torá, que esto no es cierto. Dios no permite que su nombre sea borrado, bajo ningún motivo (no importa lo trascendente que pueda parecernos), excepto por uno: la paz en el hogar. Esa es, precisamente, la enseñanza.
Para establecer el Shalom, debemos empezar con nosotros mismos, con la familia y con el hogar. Si cada uno, por separado, lo consigue, la suma de todos estos logros impregnaría al Olám, al mundo entero, con el Shalom.
El amor al prójimo es la esencia de la paz y ésta, se establece por el conocimiento de Dios, a través de la Torá.
Shalom es uno de los nombres de Dios y, también, es la meta de la humanidad. La paz, no es algo meramente físico, sino algo esencialmente metafísico y espiritual. Un valor absoluto que emana de Dios.
Elevemos nuestras plegarias, al unísono, para que en este año que ya se inicia haya paz, completa y perdurable, para nuestros hermanos de Medinat Israel y en el mundo entero.
Leemos en Tehilim (Salmos 120:6-7): “Hace mucho tiempo que mi alma ha estado junto a quienes aborrecen la paz. Y, cuando yo abogo por la paz, ellos van a la guerra”. Sin embargo, pronto llegarán los tiempos – con el favor de Dios – que anunció el profeta Yesahyahu (11:6), en los que: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará junto al cabrito”.
Le deseo, a toda mi querida Kehilá, un Shaná Tová 5775. Que el Todopoderoso les conceda sosiego, salud y Parnasá y los colme de bendiciones. Que la consigna, en este año 5775, sea para cada uno de nosotros – con la ayuda del Creador – establecer en este mundo la porción, propia y justa, de Shalom que nos corresponde y de la cual, somos responsables y de este modo hacer realidad la frase (que decimos en nuestras plegarias): “Ten Shalom Baaretz”, que Hashem establezca la paz en la tierra.

Otro Proyecto Desarrollado por Páginas Web Venezuela C.A